¿qué dices de ti?

Si prestamos atención a la manera en que una persona habla de sí misma, podemos saber si habla desde su verdad o desde una herida, desde lo que realmente es o desde su miedo, y de esa manera también podemos saber lo que esa persona será con nosotros.

Una persona que vive hablando mal de sí misma, que todas sus palabras sobre sí misma son despectivas; que cuando habla de sí, parece que habla de un monstruo, no es una persona sana. Es una persona que necesita sanar. La manera en que una persona habla de sí misma nos dice cómo se ve esa persona a sí misma y la forma en que se ve a sí es la forma en que ve todo en la vida, incluso a nosotros.

Cuando todas nuestras palabras son en contra de nosotros, nuestras palabras evidencian que no hemos llegado a nuestro ser, que estamos perdidos en nuestros miedos, en alguna herida, en una circunstancia. Nuestras palabras revelan que hay algo que necesitamos curar, y si no lo hacemos, toda relación que creemos, surgirá de esas heridas y nos llevará a herirnos más. Nuestras relaciones se convertirán en una necesidad de que los demás digan de nosotros lo que nosotros no podemos decir de nosotros.

Las personas serán con nosotros lo que sean consigo mismas y podemos saber lo que son consigo mismas a través de lo que dicen de sí. Cuando las personas hablan de sí como si fueran lo peor, independientemente de lo que hayan vivido, están revelando en qué lugar se encuentran y desde dónde se relacionarán con nosotros. Lo cual nos puede lleva a saber cómo será su relación con nosotros. 

Las personas que hablan mal de sí mismas son personas que tienden a victimizarse, a culparse, a creer que merecen lo peor, a ver a los demás como si quisieran hacerles daño, a sentirse inseguras, a verse con menor valor, a creerse incapaces, a necesitar aprobación y todo eso hace que se vuelvan una carga para quienes se relacionen con ellas, pues quien se relacione con ellas, tendrá que hacerles creer que son distintas a lo que dicen de sí.

Una persona sana no puede vivir hablando mal de sí misma, ni diciendo palabras que destruyan su ser, no es coherente. De una persona sana solo pueden salir palabras sanas, palabras que estén a la altura de su ser. Si las palabras que una persona dice de sí misma son sanas, equilibradas y favorables, es porque ha llegado a su ser o está en camino de su verdad. 

no puedes controlar lo que sientes

No podemos controlar lo que sentimos. No importa cuánto hagamos, no tenemos poder sobre lo que sentimos. Lo que sentimos es parte de nuestra naturaleza, de nuestra humanidad. Eso no significa que somos víctimas de lo que sentimos y que debemos vivir con ellos haciendo de nosotros lo que sea. Más bien, eso quiere decir que hay que saber cómo vivir con lo que sentimos y no emplear un esfuerzo en algo inútil. 

Cuando intentamos controlar lo que sentimos, terminamos sintiéndonos peor, terminamos convirtiendo un sentimiento en muchos más. Cuando intentamos controlar lo que sentimos, empleamos un esfuerzo en algo que no va a dar resultado y eso nos desgasta más. En muchas ocasiones he sentido deseos de llorar y al tratar de controlar ese sentimiento, he terminado enojándome conmigo mismo y ahogándome, haciendo de mi deseo de llorar algo peor. Cuando intentamos controlar lo que sentimos, obstruimos nuestra naturaleza. 

Nuestros sentimientos son para ser vividos, no ocultados, no evadidos. Nuestros sentimientos deben ser liberados, deben fluir, para que no acaben con nosotros. Esto no significa que uno se debe dejar llevar por lo que siente, porque lo más probable es que eso termine muy mal, son cosas distintas. La forma en que nos relacionamos con lo que sentimos es lo que hace que un sentimiento fluya o se estanque hasta podrirnos por dentro.

Los sentimientos no son malos ni buenos en sí mismos, aunque nos produzcan  satisfacción o desdicha. No podemos calificar como bueno un sentimiento que nos agrada, ni como malo un sentimiento que nos desagrada. Los sentimientos son parte de nuestra naturaleza, son una manifestación de nuestra naturaleza. Lo malo puede estar en la forma en que los enfrentamos, pues esa forma puede lograr que un sentimiento gobierne todo nuestro ser y nos lleve lejos de nosotros.

No podemos controlar lo que sentimos, solo podemos controlar la forma en que enfrentamos lo que sentimos, nuestra manera de reaccionar, y muchas veces, la forma en que enfrentamos lo que sentimos es la que hace que algunos sentimientos permanezcan y se conviertan en algo peor. No podemos controlar lo que sentimos, solo tenemos control sobre la manera en que llevamos lo que sentimos. 

No es lo mismo estar enojado y guardar silencio, que estar enojado y maldecir a todo el mundo, el sentimiento es el mismo, pero la manifestación es distinta. La forma en que se enfrenta un sentimiento es la que cambia y cambia de acuerdo a lo que somos, es decir, enfrentamos lo que sentimos de acuerdo a lo que somos. Reaccionamos ante lo que sentimos de acuerdo a lo que hemos hecho de nosotros, y en esto influyen muchas cosas, como el conocimiento que tenemos de nosotros mismos, el dominio sobre nuestro ser, el valor personal. 

Está bien sentir todo lo que sentimos, es nuestra naturaleza. Lo que no está bien es utilizar lo que sentimos para hacernos daño y para hacer daño a otros. Lo que no está bien es ser víctimas de lo que sentimos. Debemos vivir los sentimientos, pero no debemos dejar que los sentimientos nos vivan.

No podemos controlar lo que sentimos, solo podemos controlar la forma en que enfrentamos lo que sentimos, pero únicamente podemos controlar la forma en que lo enfrentamos cuando tenemos control sobre nosotros, cuando nos conocemos, cuando somos conscientes de nuestro ser y podemos saber cómo nos afecta cada sentimiento. 

no intentes ser

Mucho de lo que intentamos ser no proviene de nuestra verdad, sino de nuestro miedo y podemos saberlo por cómo nos sentimos al intentar serlo. Cuando intentamos ser desde algo que no somos, nos sentimos atados, nos sentimos inseguros, nos odiamos, no tenemos paz; tenemos miedo. Tal vez lo que intentamos ser nos está alejando de ser, nos está obstaculizando el paso de lo que somos. 

Cuando lo que intentamos ser nos impide ser, es momento de dejar de intentar serlo, pues eso que intentamos ser no es producto de nuestra verdad y por eso obstaculiza el fluir de nuestro ser. Eso puede ser producto de nuestro deseo de ser, un deseo que puede surgir de un temor a no ser. Cuando somos desde el miedo, no somos, y nos impedimos ser.

Si no encontramos paz en lo que somos, tal vez no estamos siendo lo que en verdad somos, sino que estamos siendo algo lejano a nosotros, y si estamos siendo algo lejano a nosotros, significa que no estamos en nuestra verdad, estamos en una mentira y es esa mentira la que nos impide la paz. En nuestra verdad está nuestra paz.

Cuanto más intentamos ser, menos somos, pues nos absorbe el deseo de ser y toda nuestra vida gira en torno a lo que deseamos, tanto que lo que ahora somos no tiene espacio en nosotros, lo destruimos, lo alejamos; impedimos que se manifieste. Esa imposibilidad de ser, que surge de intentar ser, se vuelve en nuestra contra y se expresa a través de más temores, a través de nuestra necesidad de que otros sean para nosotros, a través de comportamientos destructivos, tanto hacia nosotros como hacia otros. 

Lo que somos no suele estar en lo que intentamos ser, sino en despojarnos de todo eso que intentamos ser, pues, por lo general, estamos inundados de deseos de ser, producidos por muchas razones, y todos esos deseos de ser hacen que lo que somos quede oculto. Necesitamos despojarnos de lo que intentamos ser, aunque no todo lo que intentamos ser es malo, todo depende de lo que causa en nosotros eso que intentamos ser. Al despojarnos, surge de forma natural lo que en verdad somos, sin tener que forzarlo, sin tener que fingirlo, sin tener que pelear. Al despojarnos, fluimos. Al despojarnos, somos.

no busques el amor

Muchas veces encontramos un amor que no es para nosotros, pero no lo sabemos sino hasta que ese amor ha acabado con nosotros. En ese momento nos damos cuenta de que no es el amor que debimos buscar, de que nos perdimos al principio; pero, ¿por qué buscamos un amor que no es para nosotros y no nos damos cuenta?, la respuesta puede parecer simple: porque nosotros todavía no somos para nosotros.

Buscar el amor, siendo ajenos a nosotros mismos, nos lleva a encontrar un amor ajeno, un amor en el que, por muy amplio que sea, no cabremos. Por el simple hecho de que no estamos en nosotros. Cuando buscamos el amor, sin antes habernos encontrado a nosotros mismos, encontramos un amor que no es para nosotros y si no es para nosotros, nos destruye. 

Al encontrarnos a nosotros mismos, no solo sabemos qué amor es para nosotros, sino también qué amor no es para nosotros. Prevenimos las posibles consecuencias de lo que algo que no es para nosotros podría dejarnos.

Buscar el amor, sin encontrarnos a nosotros mismos, es matar al amor antes del amor. El amor no puede ser encontrado de manera independiente a nuestro ser, el amor depende totalmente de lo que somos. Es por eso que debemos acercarnos a lo que somos, pues solo en esa medida estaremos cerca de lo nuestro.

Más que buscar el amor, tenemos que buscar lo que somos. Cuando encontremos lo que somos, encontraremos lo que es para nosotros, encontraremos el amor que es para nosotros; porque al encontrar lo que somos, encontraremos el amor propio y de ese amor surgirán otras formas de amor. Encontraremos el amor como una consecuencia de lo que somos y no como una necesidad de ser.

el tiempo no cura

Si esperas a que el tiempo cure tus heridas, esperarás por siempre. El tiempo no puede curar tus heridas. Esperar a que el tiempo cure tus heridas es, en cierta medida, irresponsable. Es darle a algo, que no está bajo nuestro control, un poder que no tiene. Es deshacernos de la responsabilidad que tenemos con nosotros mismos. Es vivir de manera pasiva en nuestra vida, dejando que las cosas nos hagan, sin hacer nada nosotros.

Cuando dejamos que el tiempo cure nuestras heridas, nos estamos haciendo a un lado de nuestra vida, nos estamos excluyendo de nuestra participación en ella y lo más probable es que el tiempo, en vez de curarnos, convierta nuestras heridas en limitaciones, en miedos, en inseguridades.

Al dejar que el tiempo se encargue de nuestras heridas, es probable que nos dejen de doler y así nosotros llegaremos a pensar que nos hemos curado, pero no es así. Al dejarle la responsabilidad al tiempo, es probable que le restemos importancia a las heridas, a lo que nos hirió o nos acostumbremos a ellas, pero eso no significa que nos habremos curado y lo sabremos cuando caigamos en el mismo lugar y nos enfrentemos a las mismas circunstancias. En ese momento sabremos que lo que nos hizo volver a caer no fue el lugar, sino la herida que no curamos.

El tiempo no tiene poder de curar nuestras heridas, pero si no hacemos nada para curarlas, el tiempo, y más que el tiempo, esa ausencia de acción, hará crecer nuestras heridas, hasta el punto en que las heridas que llevamos definan nuestra vida y ni siquiera nos demos cuenta.

El tiempo no cura nuestras heridas, nos cura lo que hacemos en el tiempo, y si no hacemos nada, lo que hacemos es ocultar la herida, aunque a simple vista  y por la ausencia de dolor parezca haber sanado. Tarde o temprano, en determinada circunstancia, saldrá a la luz.

En el momento en que nos hacemos cargo de nosotros y no le damos la responsabilidad al tiempo de curarnos, el tiempo no puede hacernos ni deshacernos.

 

Hazte cargo de ti,
de tu locura,
de tus heridas
y de tu luz;
de tu dolor,
de tu miedo
y de tu gloria.

Hazte cargo de ti,
no dejes que el tiempo
te haga
ni te deshaga.

Hazte cargo de ti,
toma las riendas de tu ser,
es la única forma de caminar
hacia donde debes ir.

autodominio

Carecer de autodominio es dejar que las cosas nos lleven y nos conviertan en algo que, por lo general, nos destruye. El autodominio nos permite actuar a favor de lo que somos, pero no podemos actuar a favor de lo que somos si ni siquiera sabemos lo que somos.

Cuando no tenemos dominio sobre nosotros mismos, cualquier cosa tiene dominio sobre nosotros; y si cualquier cosa tiene dominio sobre nosotros, somos víctimas de las cosas y no solo de las cosas, sino también somos víctimas de nosotros mismos. Al no tener dominio sobre nosotros, somos lo que las cosas hacen de nosotros.

Generalmente, cuando no tenemos control sobre nosotros, intentamos controlar todas las cosas y esa necesidad de controlar las cosas se vuelve en nuestra contra. Cuanto más dominio tenemos sobre nosotros, menos intentamos dominar lo que nos rodea; nos liberamos de la necesidad de controlar todo y eso produce paz.

Intentar dominar algo que no conocemos es destruir eso que intentamos dominar, o destruirnos a nosotros en el proceso. Desde la ignorancia no podemos dominar nada, es necesario adquirir cierto conocimiento sobre las cosas, para tener dominio sobre ellas. Cuando tenemos conocimiento sobre algo, sabemos cómo relacionarnos con eso, cómo comportarnos, cómo tratarlo, y sabemos cómo eso se relaciona y se comporta con nosotros. 

No podemos tener dominio sobre lo que no conocemos. Si queremos tener dominio sobre nosotros, es necesario que nos conozcamos. Solo en la medida en que nos conozcamos, vamos a dominar nuestro ser. Es imposible actuar a favor de lo que somos si no conocemos lo que somos. 

Dominarse a uno mismo es vencer, pues cuando tenemos autodominio, no hay nada que tenga dominio sobre nosotros. El autodominio no es una prisión, es libertad; es la libertad de vivir desde lo que realmente somos y no desde las cosas que nos rodean y nos suceden.

Quien se controla a sí mismo, no necesita controlar nada más.

presta atención a tu ser

Presta atención a la manera en que reaccionas ante lo que te duele, en esa reacción estás manifestando tu ser, un ser del que tal vez no eres consciente. Cuanto más conozcas tus reacciones, más te conocerás y podrás cambiar lo que eres.

Presta atención a la manera en que reaccionas ante todo. Tanto a lo que te hace daño como a lo que te hace bien. Ser consciente de tus reacciones te hará saber si esas reacciones son producto de lo que has construido en ti o de lo que no has construido.

Si las cosas que nos suceden, buenas o malas, nos sacan de nosotros, significa que no estábamos en nosotros antes de que nos sacaran. Nuestra reacción ante la vida revela nuestra verdad o la ausencia de ella.

Cuando vivimos de manera inconsciente, respondemos ante la vida de una manera que nos destruye; respondemos, no desde lo que somos, pues ni siquiera lo sabemos, sino desde lo que nos sucede. Respondemos desde afuera. Somos víctimas de las circunstancias. Cuando no somos conscientes de nosotros mismos, somos marionetas de lo que nos sucede. Cualquier cosa nos mueve, nos hace caer, nos hace dudar.

Nuestras reacciones siempre van a ir en nuestra contra cuando no somos conscientes de nosotros mismos. Nuestra forma de reaccionar ante la vida nos puede hacer más daño que lo que nos sucede en la vida.

Cuando somos conscientes de nosotros mismos, nuestras reacciones van a nuestro favor. Reaccionamos ante lo que nos sucede desde nuestra verdad, como producto de la construcción de nuestro ser.

Al ser conscientes de nosotros mismos, las cosas que nos suceden no tienen poder sobre lo que somos. Nos duelen, las padecemos, las lloramos, pero permanecemos en nosotros. Prestar atención a la manera en que reaccionamos nos permite conocernos y conocernos nos ayuda a construirnos.

¿qué hay después de irse?

¿Qué hay después de irse? Paz, pero antes de esa paz no hay paz, hay guerra. Después de irse, hay una lucha con uno mismo y solo al superar esa lucha es posible alcanzar la paz. Esa lucha se trata de sanar, de volver a uno mismo, de no retroceder, de ser fuertes con nosotros mismos, de mantenernos fieles a la decisión de irnos. 

Muchos creen que irse lo soluciona todo y con eso es suficiente, pero irse solo es el inicio. Puede ser que el tormento y la dificultad no estén en irse, sino en lo que viene después, en aprender a vivir sin las cosas a las cuales nos habíamos acostumbrado, en sanar de las heridas que nos obligaron a irnos y del mismo hecho de irnos. 

Después de irnos empieza una lucha con nosotros mismos, con nuestros pensamientos y sentimientos. Empezamos a dudar de si tomamos la decisión correcta, nos duele y consideramos volver y justamente lo que hacemos después de irnos puede salvarnos o hacernos volver y arruinar todo. 

Lo que hacemos después de irnos, nos puede hacer avanzar o retroceder, nos puede sanar o nos puede destruir, y es justamente lo que hacemos después de irnos lo que revela por qué fuimos a ese lugar que luego tuvimos que abandonar. Si después de irnos, perdemos la lucha con nuestros sentimientos y pensamientos; si después de irnos, en vez de curarnos, nos destruimos; si después de irnos, nos volvemos en nuestra contra; esa es la razón por la que fuimos a ese lugar. 

Lo que hacemos después de irnos es tan importante como irnos, de eso depende nuestra libertad, nuestra cura, nuestra paz. Si después de irnos, nos volvemos refugio, vamos a encontrar la paz. Después de irnos necesitamos ir a nosotros, curar las heridas, aprender a vivir con lo desconocido. Después de irnos inicia un camino de retorno hacia nosotros y no podemos destruir ese camino por el dolor que nos causó irnos. Después de irnos hay paz, pero antes de esa paz hay una lucha con nosotros mismos que tenemos que superar.

perdona y vete

Muchas veces creemos que cuando perdonamos, debemos permanecer con las personas a las que perdonamos, debemos seguir siendo lo que somos con ellas, debemos mantener las relaciones con esas personas, y no hay nada más erróneo que eso, pues hay ocasiones en las que permanecer nos expone al daño que ya recibimos y perdonamos una vez.

Solemos creer que nuestro perdón cambiará a las personas que perdonamos y por eso permanecemos en los mismos lugares y con las mismas personas, esperando a que sean distintas, y después de tanto y ver que no cambian, creemos que nuestro perdón falla y que no deberíamos seguir perdonando, porque las personas a las que perdonamos parecen jugar con nuestro perdón, pero no es el perdón el que falla; somos nosotros al creer que perdonándolos van a cambiar y obligándonos a permanecer.

No tenemos control sobre las personas que perdonamos, nuestro perdón no hará que las personas dejen de hacernos daño. Nuestro perdón se trata de nosotros y no de las personas que perdonamos, y es por eso que perdonar y permanecer, puede ser un error, ya no cometido por la otra persona, sino por nosotros mismos.

Cuando perdonamos lo mismo, sin irnos, estamos permitiendo que las personas a las que perdonamos abusen de nosotros. Somos, en cierta medida, cómplices del daño que recibimos. La reincidencia debe hacernos ver que necesitamos movernos.

Perdonar no significa quedarse. Podemos perdonar e irnos, podemos perdonar y quedarnos. El perdón es independiente y muchas veces, lo más sano es perdonar e irnos.

No tenemos ninguna obligación de permanecer al lado de las personas que perdonamos. Siempre debemos perdonar, pero no siempre debemos quedarnos y es ahí donde la mayoría fallamos, porque perdonamos y nos quedamos. Cuando las personas abusan de nuestra capacidad de perdonar, haciéndonos daño una y otra vez, lo que necesitamos no es solo perdonar, sino irnos. En irnos está la salvación.

Tal vez no es perdonar lo que necesitas, sino irte. 

¿lo soportas desde tu fuerza o desde tu debilidad?

Muchas veces soportamos algo, creyendo que somos fuertes al soportarlo, pero no nos damos cuenta de que eso que soportamos es inútil y es algo que nos destruye;  entonces, ya no es soportar, sino someterse. Ya no soportamos algo desde nuestra fuerza, sino desde nuestra debilidad.

Hay una diferencia entre soportar algo desde nuestra fuerza y soportar algo desde nuestra debilidad, y aunque empleemos fuerza en soportar algo desde nuestra debilidad, no es una fuerza sabia, porque no proviene de nuestra capacidad, sino de nuestra incapacidad.

Cuando soportamos algo desde nuestra fuerza, sabemos hasta qué punto debemos soportarlo y en qué punto debemos abandonarlo, así también sabemos que lo soportamos con un propósito y lo que soportamos nos trae algún beneficio. En cambio, cuando soportamos algo desde nuestra debilidad, no sabemos hasta qué punto soportarlo y en qué punto abandonarlo, y la mayoría de las veces, tampoco sabemos por qué lo soportamos. 

Al soportar algo desde nuestra debilidad, nos sometemos a lo que soportamos. No podemos abandonarlo, no sabemos cómo irnos, y vivimos creyendo que mientras más soportamos, más fuertes somos. Vivimos creyendo que si nos vamos, somos débiles. Cuando soportamos algo desde nuestra debilidad, por lo general, lo que soportamos no nos trae ningún beneficio, nos destruye.

Soportar desde nuestra debilidad nos hace soportar más de lo que debemos, no en el sentido en que tenemos una mayor capacidad para soportar, sino en el sentido en que abusamos de nosotros mismos, nos quedamos más tiempo del que deberíamos, nos hacemos mucho daño. 

Si observamos lo que soportamos y la forma en que lo hacemos, podemos saber desde dónde lo soportamos. Si lo que soportamos nos destruye, nos hace perdernos, nos ciega y nosotros permanecemos soportándolo, lo más probable es que no lo estamos soportando desde nuestra fuerza, sino desde nuestra debilidad.

Soportamos algo desde nuestra debilidad cuando no nos respetamos, cuando no nos valoramos, y no lo hacemos porque no conocemos lo que somos. Si nos conociéramos, sabríamos hasta qué momento deberíamos soportar algo.