no siempre debes irte

En muchas ocasiones, cuando nos sentimos heridos en un lugar, cuando sentimos que no cabemos en un lugar, cuando nos sentimos menos en un lugar; pensamos en irnos, creyendo que al irnos nos sentiremos mejor, que las cosas cambiarán y que nosotros seremos diferentes. Pero no siempre es así, porque a veces no se trata del lugar en el que estamos ni de las personas con las que estamos, sino de nosotros.

No siempre se trata de irse, a veces se trata de cambiar la forma en que estamos, porque esa forma en que estamos es la que nos puede estar haciendo daño y no tanto el lugar en el que estamos. Esto porque, para empezar, si estamos en un lugar que nos hace daño, el hecho de estar en ese lugar ya nos dice lo que somos. Si fuésemos otras personas, no estaríamos en ese lugar, a menos que sea de manera accidental. Si fuésemos distintos, no tendríamos que irnos, porque ni siquiera habríamos llegado a esos lugares.

La forma en que estamos proviene de lo que nosotros somos. Estamos en todo lugar de la forma en que somos y también por lo que somos. Si yo amo las flores, iré a donde hay flores, pero no serán las flores las que me lleven a ellas, sino mi amor hacia ellas, lo que yo soy. Estamos de la forma en que somos, estamos porque somos.

La manera en que yo me relaciono con lo que me rodea es la manera en que yo me relaciono conmigo mismo. Por tal razón, aunque yo me vaya y me mueva a mil lugares distintos, yo siempre voy a relacionarme con ellos de acuerdo a la forma en que me relaciono conmigo y sin importar que esté en un lugar distinto, iré siempre a hacerme daño, porque no se trata del lugar, sino de mí.

No siempre se trata de irse, a veces se trata de cambiar la forma en que estamos y no solo la forma en que estamos en el lugar, sino la forma en que estamos en nosotros; pues es la forma en que estamos en nosotros la que definirá la manera en que estemos en cualquier lugar. De nada nos sirve movernos de lugar si nos movemos siendo las mismas personas y actuando de la misma manera. El movimiento necesario es el movimiento interno.

dependencia

Si yo dependo de algo para vivir, quiere decir que yo me considero incapaz de vivir por mí mismo, yo me considero insuficiente, yo creo que a lo que soy le hace falta algo para estar completo.

Nuestra dependencia nos dice la forma en que nos vemos, lo que estamos siendo, lo que creemos ser. Nuestra dependencia nos dice que necesitamos ser lo que somos. Ninguna persona dependiente es ella misma.

Nuestra dependencia revela lo que somos, o mejor dicho, nuestra ausencia de ser. Cuando dependemos, no dependemos de algo porque lo necesitamos, sino porque nos necesitamos a nosotros mismos. Es la incapacidad de ser para nosotros, la que nos hace depender de algo. Si no encontramos en nosotros lo que necesitamos, lo buscamos en algo más y si eso nos lo da, nos volvemos dependientes de eso. Aunque la realidad es que no nos lo da, solamente parece que nos lo da. Es nuestra necesidad la que nos hace creer que nos lo da.

Cuando dependemos, no somos libres. Cuando dependemos, no tenemos paz. Cuando dependemos, no somos nosotros mismos. Cuando dependemos, no estamos en nosotros. Cuando dependemos, vivimos en una mentira.

Cuando somos dependientes, toda nuestra atención está en las cosas de las cuales dependemos, nos perdemos de vista a nosotros, nos cegamos. Por tal razón, una dependencia puede crear más dependencias y más daño.

Una dependencia no se desaparece destruyendo las cosas de las cuales dependemos, porque la dependencia no está en las cosas, sino en nosotros. Aunque destruyamos todo, siempre vamos a buscar una forma de obtener lo que obteníamos de eso que destruimos. Las dependencias no se destruyen desde afuera, sino desde adentro. Hay una construcción de nuestro ser que es necesaria para eliminarlas.

Cuanto menos nos conocemos, más dependemos. Cuanto más nos conocemos, menos dependemos. Esto es así porque el conocimiento sobre nuestro ser nos hace ver que somos seres completos, que no necesitamos algo más para ser. En la dependencia hay mucha ignorancia sobre lo que somos. 

Dependemos de algo al considerarnos a nosotros mismos insuficientes y nos consideramos insuficientes porque no conocemos lo que somos y como no conocemos lo que somos, no podemos ser; somos alguien distinto. Esto significa que para dejar de ser dependiente, debo conocerme, y al conocerme, seré lo que soy, y al serlo, seré suficiente para mí; entonces, cuando sea suficiente para mí, no voy a necesitar que alguien o algo me haga sentir que lo soy, por lo que no existirá una dependencia. Habrá libertad, me relacionaré con lo que me rodea desde la libertad y no desde la necesidad. Habrá paz, habrá verdad.

te tratas como te conoces

Nos tratamos de acuerdo al conocimiento que tenemos de nosotros mismos. Cuanto peor nos tratamos a nosotros, menos nos conocemos. Cuanto mejor nos tratamos, más nos conocemos. El trato hacia nuestro ser revela el conocimiento de nuestros ser. 

Si tengo un vaso de cristal en mis manos, yo voy a tratar a ese vaso de acuerdo al conocimiento que tengo de ese vaso. Yo sé, por experiencia y conocimiento, que es frágil, que puede romperse con facilidad, entonces lo utilizo y me relaciono con él desde mi conocimiento sobre él; lo trato con ese cuidado, porque no solo lo puedo romper, también me puede herir. 

A un vaso de plástico no lo trato de la misma forma. Lo utilizo, sabiendo que no se romperá tan fácil, no tengo el mismo cuidado que con uno de cristal. Pero ese trato depende del conocimiento que tengo sobre el material del vaso. Mi conocimiento me hace actuar de determinada manera.

Si yo nunca en mi vida hubiera tenido un vaso de cristal en mis manos y desconociera totalmente el material, yo trataría a ese vaso basado en el conocimiento de otro objeto similar, aunque de un material distinto. Entonces, al tratar a un vaso de cristal como si fuese de otro material, supongamos de plástico o madera, yo haría pedazos el vaso, porque lo estoy tratando desde mi ignorancia, creyendo que es como los de plástico o madera, y seguramente me haría daño.

Si no nos conocemos a nosotros mismos, nos trataremos desde la ignorancia, desde algo externo, desde los demás, como si fuésemos alguien más. Cuando no nos conocemos, nos tratamos como alguien distinto a lo que somos y ese trato no solo impide que seamos, sino que nos daña. 

Cuando nos hace daño la forma en que nos tratamos, es porque estamos tratándonos como a alguien más; no sabemos nada de nosotros y por eso nuestro trato es ajeno a nosotros. 

Nos tratamos de acuerdo al conocimiento que tenemos de nuestro ser. Nuestro conocimiento nos hace relacionarnos con nosotros de una mejor forma. 

volver es no haber sanado

Una herida no sanada es una puerta abierta. Siempre hay forma de volver al mismo lugar, siempre regresaremos a lo que nos hirió. Una herida no sanada es una cuerda que nos ata a lo que nos hirió.

Lo que no sanamos sigue teniendo poder sobre nosotros, incluso si nosotros creemos haberlo superado, si ya no nos duele o si pasó mucho tiempo desde la herida. Esa herida nos condiciona más allá de lo que somos conscientes.

A veces queremos simplemente movernos, irnos de los lugares, cambiar de ambiente, creyendo que al irnos, las cosas cambiarán, ya no nos harán daño. Pero llevamos la herida en nosotros, no le prestamos atención, no la sanamos, solo cambiamos de lugar y luego estamos en la misma situación de antes en un lugar distinto. Volvemos a la herida, volvemos a lo mismo.

Cuando volvemos al mismo lugar en el que fuimos heridos, es porque no nos fuimos. Nos movimos, pero llevamos con nosotros algo que nos hizo permanecer en el mismo lugar, algo que nos impidió irnos del todo. Volver es no haber sanado.

Antes de movernos es necesario sanar, el movimiento es sanar, pues al sanar, aunque permanezcamos en el mismo lugar, ya no estaremos de la misma forma y ya no estará una herida condicionando nuestra vida. Mientras no sanamos, no importa a dónde nos vayamos, siempre regresaremos, siempre estaremos en el mismo lugar.

Es inútil irnos si no sanamos y no importa quedarnos si sanamos.  En la forma en que nos quedamos o nos vamos, está todo. Una herida no sanada provoca más heridas, una herida no sanada no solo es una herida, es también una forma de vivir, una condición. Cuando no sanamos nuestras heridas, esas heridas definen nuestras relaciones, lo que pensamos de nosotros, lo que somos, la forma en que nos comportamos. Una herida es más que una herida cuando no la sanamos.

Muchas heridas entran por una herida no sanada, es decir, cuando no sanamos, esa herida permite que entren cosas que no deberían entrar. Una herida no sanada es una puerta abierta por donde entra permanentemente lo que nos hirió y muchas cosas más que nos herirán.

Cuando sanamos, solo podemos ir hacia donde esa misma sanidad nos lleve. Cuando no sanamos, solo podemos permanecer en la herida. Sanar es cerrar la puerta, sanar es no volver, sanar es salir, sanar es borrar un camino de regreso.

no es normal

Sentirte insuficiente no es normal, sentirte inseguro no es normal, sentirte inferior no es normal, no poder amarte no es normal, vivir lleno de miedo no es normal. No hagas normal algo que no lo es, pues vivirás una vida que no es tuya y serás algo que no eres.

Incluso si la mayoría de personas se siente así, no es algo con lo que se deba vivir, porque en realidad, con eso no se puede vivir. Es un impedimento para vivir. No debemos tomar por normal algo porque todos se sienten así. Más bien, todo eso es indicador de que necesitamos trabajar en nuestro ser, de que hay cosas por conocer, por sanar; de que necesitamos profundizar en nosotros. Porque si las tomamos como normales, evitaremos curarlas, las ocultaremos y todo lo que ignoramos, nos somete.

Tomar como normal algo que nos hace daño es hacernos más daño. Pero la mayoría no somos conscientes de eso, simplemente nos sometemos, lo aceptamos, vivimos de acuerdo a todo eso, vivimos desde eso. Al vivir desde eso que erróneamente tomamos como normal, condicionamos todo a nuestro alrededor, nuestras relaciones son definidas por eso, nuestros sueños, nuestro amor. Es así como caemos en relaciones que, en apariencia nos hacen sentir seguros, nos hacen sentir que valemos, nos hacen sentir que somos alguien. Entonces, como estas relaciones nos hacen sentir de la manera en que nosotros deseamos sentirnos, nos volvemos dependientes de ellas, y al ser dependientes de ellas, actuamos de la forma en que la relación nos exige. Hacemos a un lado nuestro ser, vivimos para complacer.

No somos con alguien, sino que somos para alguien. Todas estas personas con las que nos relacionamos tienen poder sobre nosotros, un poder que nuestras heridas les dan. Lo que no sanamos le da poder a los demás para herirnos.

Cuando alguna de estas relaciones termina, inmediatamente buscamos otra, otra que nos haga sentir lo que nosotros no podemos hacernos sentir, que nos haga ser lo que nosotros no podemos ser. No podemos estar en soledad cuando algo termina, pues no somos nadie en soledad.

Sentirte insuficiente no es normal, sentirte inseguro no es normal, sentirte inferior no es normal, no poder amarte no es normal, vivir con miedo no es normal. No debes vivir con eso, debes sanar eso y al sanarlo, te darás cuenta de lo que debería ser normal.

Sentirte y verte de esa forma tan dañina es la manera de saber que hay mucho trabajo por hacer en ti, que estás fuera de ti, que tal vez no estás siendo tú, que hay heridas desde las cuales estás viviendo.

Debemos dudar de lo que tomamos como normal, pues muchas de estas creencias son impuestas por la familia, por la sociedad, por los amigos, por la religión, por nosotros mismos y por muchas cosas más. Una creencia errónea hace una vida errónea.

no lo reprimas

Si necesitas llorar, llora. No reprimas tus sentimientos. Reprimirlos te puede llevar a colapsar internamente. 

Cuando reprimimos lo que sentimos, nos sometemos a lo que sentimos, nos convertimos en esclavos de eso. Reprimirlo no es evitarlo, es experimentarlo de una forma distinta y esa forma puede ser destructiva. Reprimir lo que sentimos es lanzar una bomba sobre otra bomba, con la intención de eliminar el efecto de la primera, pero es imposible, más bien, al hacerlo, tenemos dos explosiones, un efecto mayor. En algún momento estallará  todo y nosotros pagaremos por eso con nuestra vida. Al reprimir un sentimiento, nos hundimos más en él.

Sentir no es malo, es nuestra naturaleza. Pero tenemos que aprender a relacionarnos con lo que sentimos y a identificarlo, para que lo que sintamos no nos someta. Sentir no es una debilidad, pero reprimir lo que sentimos puede ser una debilidad, porque al hacerlo, estamos manifestando un miedo a lo que sentimos y a mostrar lo que sentimos para no parecer débiles.

Hay cierto orgullo en reprimir lo que sentimos. Nadie quiere parecer débil, porque según nosotros, eso podría abrir la puerta a que los demás nos hagan daño. En muchas ocasiones, reprimimos para parecer fuertes, como una manera de protegernos. Pero esa manera de protegernos no nos protege, nos destruye y lo hace de forma silenciosa.

Muchas veces lo reprimimos porque no sabemos identificar lo que sentimos, entonces tampoco sabemos expresarlo y eso tiene que ver con la forma en que hemos vivido lo que sentimos. También lo reprimimos porque el mundo, la familia, el contexto y nuestras relaciones, han mutilado la expresión de nuestros sentimientos. Nos han hecho creer que los sentimientos debemos guardarlos. Podemos reprimirlos porque nos han hecho daño con lo que sentimos, porque han utilizado nuestros sentimientos para alejarnos de nosotros. Evitamos mostrar lo que sentimos porque creemos que mostrarlos es dar el poder a alguien para destruirnos.

Sea cual sea la razón, cuando reprimimos lo que sentimos, nos rechazamos y de ese rechazo construimos algo que no somos. Algo que, por lo general, nos destruye y nos hace destruir a los demás. Debemos expresar lo que sentimos, pero también debemos ser conscientes de la forma en que lo expresamos. Yo puedo sentir enojo y romper lo que tengo a mi paso, pero eso no es expresar mi enojo, sino que no saberlo expresar. Es otra forma en que los sentimientos nos someten.

No puedes evitar sentir, no puedes controlar lo que sientes, pero tampoco debes permitir que lo que sientes te controle. Siéntelo todo, sin rechazarlo y sin quedarte en nada. Vive más allá de lo que sientes, pero no niegues lo que sientes.

abandona el futuro

No podemos vivir en el pasado, pero tampoco podemos vivir en el futuro. Luchamos demasiado por abandonar el pasado, y aunque lo logremos, estamos llenos de algo que no consideramos abandonar: futuro. De esa forma, aunque nos vayamos del pasado, seguiremos sin poder vivir en el presente. Habrá algo que ocupará todo nuestro ser y nos impedirá estar en nosotros. No solo tenemos que abandonar el pasado, sino también abandonar el futuro.

Estamos llenos de todo lo que todavía no es y ni siquiera sabemos si será. Estamos llenos de nuestra propia idea de lo que deseamos. Nos hemos llenado de imágenes, pensamientos, sentimientos y conductas de lo que deseamos. Estamos llenos de nuestro propio deseo de las cosas y no de las cosas que deseamos, tanto que no tenemos espacio para las cosas que sí tenemos y tampoco tenemos espacio para nosotros.

La forma en que nos sentimos, respecto a lo que deseamos, revela si necesitamos continuar o abandonar. Si lo que deseamos nos impide vivir, nos quita la paz y nos destroza, necesitamos abandonarlo. Y abandonarlo no es abandonar lo que uno desea, sino abandonar la forma en que lo desea. No se trata de no soñar, no desear, no aspirar, no luchar. Se trata de la forma en que lo hacemos.

Abandonar el futuro no es borrar el futuro, al igual que abandonar el pasado no es borrar el pasado. Abandonar el futuro es la forma en que nos relacionamos con él. Si nuestro futuro nos impide vivir, basta con eso para saber que necesitamos abandonarlo, que necesitamos cambiar la forma en que lo vemos y lo vivimos. Necesitamos abandonar lo que no es, para que nosotros podamos ser.

Al no abandonar un futuro que nos impide vivir, nosotros mismos nos estamos impidiendo llegar a ese futuro y no solo llegar a ese futuro, sino también vivir el presente y lo que en él somos. Si permanecemos en el futuro que nos obstaculiza vivir, será imposible llegar al futuro deseado. El futuro nunca tiene la forma de cómo lo veíamos cuando no estábamos en él, el futuro no tiene la forma de lo que tememos, el futuro no tiene la forma de lo que nos destruye; por lo que permanecer en él es permanecer en una ilusión, en una mentira.   

Cuando nos vamos del pasado y del futuro, podemos ser lo que solo hoy podemos ser, podemos vivir lo que solo hoy podemos vivir. Fuera del presente no hay más que dolor, angustia, tristeza, frustración, miedo. Fuera del presente no hay nada de nosotros.

Deja lo que fue en donde fue, deja lo que no ha sido en donde será. Esa es la única forma de ser en lo que es.

el amor propio es un jardín

Amarse a uno mismo es plantarse en las propias tierras y cuidarse hasta florecer y hasta florecer después de florecer. Es un acto permanente, no algo momentáneo. 

Cuando intentamos amarnos, por lo general, buscamos cómo hacerlo y no la razón por la que no podemos amarnos. El “cómo” es importante, pero en él no está la causa. Buscamos cómo amarnos sin saber por qué no nos amamos, es como si estuviésemos tratando los síntomas y no la causa. Y aunque luchemos por amarnos, no lo lograremos. 

Si conocemos la causa y trabajamos en ella, podemos eliminar los efectos. Pero intentando solamente eliminar los efectos no vamos eliminar la causa. Aunque ella se oculte, seguirá viva y en algún momento, por lo general de conflicto, saldrá a la luz. 

Para encontrar la causa debemos examinar toda nuestra vida, debemos mirar hacia dentro. Podemos mirar hacia dentro y tener señales de la causa con solo observar la forma en que nos percibimos a nosotros. La imagen que tenemos de nosotros nos puede indicar de dónde proviene esa imagen. Si nos percibimos de forma distorsionada, hubo algo que distorsionó esa percepción.

Un acontecimiento, la forma en que vivimos, nuestra familia, las circunstancias que hemos enfrentado, las relaciones que hemos tenido, nuestras amistades; todo eso puede distorsionar la imagen que tenemos de nosotros mismos y muchas veces no nos damos cuenta. Tenemos una falsa creencia de que porque amamos a alguien y nos ama, esa persona no puede dañar la imagen que tenemos de nosotros mismos, pero la realidad es que mucha de nuestra distorsión en nuestra manera de vernos proviene de personas que amamos. 

Cuando identificamos la causa, empieza el proceso de sanar. Es aquí en donde entra el perdón, la expulsión del rencor, el sacar cosas que siempre habíamos reprimido, el tener que llorar por cosas que nunca nos permitimos llorar. Es aquí en donde enfrentamos lo que siempre evadimos. Es aquí en donde empezamos a limpiarnos hasta de cosas que no sabíamos que nos estaban manchando por dentro. Es aquí en donde ponemos en la mesa todo nuestro ser y tomamos lo que nos pertenece y desechamos lo que no.

Es un camino de retorno a nuestro ser. Es un proceso y toma tiempo. No podemos pretender curar en un día toda una vida herida. Tenemos que ser responsables de nosotros mismos, tenemos mucho que trabajar en nosotros y todo eso tiene que ver con nuevas decisiones, con cambio de hábitos, cambio de relaciones o de la forma en que nos relacionamos con los demás. Conforme vamos trabajando en nosotros, nuestra perspectiva sobre nosotros va cambiando.

La imagen que tenemos de nosotros mismos refleja lo que hemos sanado o no hemos sanado. A medida que vamos trabajando en nosotros, la percepción que tenemos de nosotros va revelando nuestro interior. Un alma sana se ve a sí misma de forma sana.

Al tener una imagen sana de nosotros mismos, surge el amor. Surge la necesidad de cuidar, alimentar, respetar y hacer crecer todo nuestro ser. El amor propio surge cuando hemos limpiado el camino. Entonces, amarnos no es un problema, pues nos amamos porque somos y no para ser, aunque amarnos siempre nos lleve a ser, pero a ser siempre desde nuestra esencia. Esto significa que el amor es ser, ser con nosotros, ser con otros. Pero para ser hay que conocer lo que somos, curar lo que somos.

No existe flor sin raíz, sin estar dentro de la tierra. A menos que sea artificial, pero las flores artificiales no son flores. Para ver las flores después de las flores es necesario regarse, cuidarse, alimentarse y soportar las tinieblas de estar enterrado. 

¿de dónde proviene nuestro amor?

¿Amamos desde lo que somos o desde lo que no somos? ¿Amamos desde nuestro miedo o desde nuestro amor? Todos decimos amar, pero no sabemos con certeza desde dónde proviene nuestro amor, y si no sabemos desde dónde proviene nuestro amor, lo más probable es que no provenga de nuestro ser, sino desde nuestra ausencia de ser.

La manera en que somos y nos sentimos al amar, revela desde dónde proviene nuestro amor. Si tenemos miedo a perder lo que amamos, amamos desde el miedo. Si poseemos, amamos desde el miedo. Si los celos nos gobiernan, amamos desde el miedo. Si nos sentimos inseguros, amamos desde el miedo. Si permitimos que nos falten el respeto, amamos desde el miedo. Si nos odiamos, amamos desde el miedo. Si nos sentimos inferiores, amamos desde el miedo. Si no podemos amarnos, amamos desde el miedo. Si no somos nosotros mismos, amamos desde el miedo.

Si amamos desde el miedo, amamos desde lo que no somos, amamos desde nuestra ausencia de ser y amamos para ser. No amamos desde nuestra verdad y de nuestro amor, sino desde su ausencia, o podría decirse también que no amamos. Nuestro amor es la necesidad de ser nosotros mismos, de llenarnos, de liberarnos y de amarnos a través de los demás.

Lo que somos y la forma en que nos sentimos y percibimos al amar, revela desde dónde proviene nuestro amor. Si nuestro amor proviene del amor, generará amor. Cuando amamos desde el miedo, amamos para obtener, amamos para que otros sean para nosotros, amamos para llenar nuestros vacíos, amamos para poseer, amamos para realizarnos a través de los otros, amamos para ser y no porque somos. Cuando amamos desde el miedo, todo lo que sentimos es miedo.

No amamos verdaderamente si no amamos desde nuestra esencia, desde nuestro amor. Amar desde el miedo es amar desde una mentira, es ser una mentira. Necesitamos amar desde lo que somos y no desde lo que no somos. Para lograr amar desde nuestra esencia, nosotros debemos profundizar en nuestra esencia. Para lograr amar desde nuestro amor, nosotros debemos experimentar nuestro amor. Para lograr amar desde lo que somos, nosotros debemos ser.

Cuando amamos desde el miedo, tenemos miedo. Cuando amamos desde el amor, tenemos amor.

sana antes de volver

Cuando algo se rompe, ambas partes quedan heridas y es necesario sanarlas, pues si no se sanan, esas heridas provocan más heridas y dañan lo que no deberían dañar. A menos que uno no haya amado, se podría decir que uno no sale herido, pero la verdad es que de los lugares que uno sale más herido es justamente de esos en los que hubo de todo, pero no amor.

Las heridas que no sanamos condicionan nuestra vida, aunque no nos demos cuenta. Si observas tu miedo a la hora de amar o de volver a iniciar una relación, sabrías que ese miedo proviene de una herida que ignoraste tan solo porque te dejó de doler. Cuando no sanamos una herida, nos hieren cosas que no deberían herirnos. Cuando no sanamos una herida, se infecta y provoca peores heridas.

Nadie es libre estando herido, nadie tiene paz estando herido; una herida nos absorbe y nos somete. Muchas veces esa herida se manifiesta a través de la incapacidad que una persona tiene para estar en soledad después de una relación. Algunas personas van de relación en relación, no porque les gusten y lo disfruten, sino porque han encontrado en eso una forma de ignorar y maquillar heridas que ni ellos saben que llevan.

Cuando algo se rompe, toma tiempo curar esa ruptura, limpiar la herida, y la mayor parte de ese tiempo es un trabajo solitario, incluso si alguien nos acompaña en ese proceso. Sanar es un trabajo a solas. Cuando algo se rompe, hay que curarlo para volver a volar.