el amor propio es un jardín

Amarse a uno mismo es plantarse en las propias tierras y cuidarse hasta florecer y hasta florecer después de florecer. Es un acto permanente, no algo momentáneo. 

Cuando intentamos amarnos, por lo general, buscamos cómo hacerlo y no la razón por la que no podemos amarnos. El “cómo” es importante, pero en él no está la causa. Buscamos cómo amarnos sin saber por qué no nos amamos, es como si estuviésemos tratando los síntomas y no la causa. Y aunque luchemos por amarnos, no lo lograremos. 

Si conocemos la causa y trabajamos en ella, podemos eliminar los efectos. Pero intentando solamente eliminar los efectos no vamos eliminar la causa. Aunque ella se oculte, seguirá viva y en algún momento, por lo general de conflicto, saldrá a la luz. 

Para encontrar la causa debemos examinar toda nuestra vida, debemos mirar hacia dentro. Podemos mirar hacia dentro y tener señales de la causa con solo observar la forma en que nos percibimos a nosotros. La imagen que tenemos de nosotros nos puede indicar de dónde proviene esa imagen. Si nos percibimos de forma distorsionada, hubo algo que distorsionó esa percepción.

Un acontecimiento, la forma en que vivimos, nuestra familia, las circunstancias que hemos enfrentado, las relaciones que hemos tenido, nuestras amistades; todo eso puede distorsionar la imagen que tenemos de nosotros mismos y muchas veces no nos damos cuenta. Tenemos una falsa creencia de que porque amamos a alguien y nos ama, esa persona no puede dañar la imagen que tenemos de nosotros mismos, pero la realidad es que mucha de nuestra distorsión en nuestra manera de vernos proviene de personas que amamos. 

Cuando identificamos la causa, empieza el proceso de sanar. Es aquí en donde entra el perdón, la expulsión del rencor, el sacar cosas que siempre habíamos reprimido, el tener que llorar por cosas que nunca nos permitimos llorar. Es aquí en donde enfrentamos lo que siempre evadimos. Es aquí en donde empezamos a limpiarnos hasta de cosas que no sabíamos que nos estaban manchando por dentro. Es aquí en donde ponemos en la mesa todo nuestro ser y tomamos lo que nos pertenece y desechamos lo que no.

Es un camino de retorno a nuestro ser. Es un proceso y toma tiempo. No podemos pretender curar en un día toda una vida herida. Tenemos que ser responsables de nosotros mismos, tenemos mucho que trabajar en nosotros y todo eso tiene que ver con nuevas decisiones, con cambio de hábitos, cambio de relaciones o de la forma en que nos relacionamos con los demás. Conforme vamos trabajando en nosotros, nuestra perspectiva sobre nosotros va cambiando.

La imagen que tenemos de nosotros mismos refleja lo que hemos sanado o no hemos sanado. A medida que vamos trabajando en nosotros, la percepción que tenemos de nosotros va revelando nuestro interior. Un alma sana se ve a sí misma de forma sana.

Al tener una imagen sana de nosotros mismos, surge el amor. Surge la necesidad de cuidar, alimentar, respetar y hacer crecer todo nuestro ser. El amor propio surge cuando hemos limpiado el camino. Entonces, amarnos no es un problema, pues nos amamos porque somos y no para ser, aunque amarnos siempre nos lleve a ser, pero a ser siempre desde nuestra esencia. Esto significa que el amor es ser, ser con nosotros, ser con otros. Pero para ser hay que conocer lo que somos, curar lo que somos.

No existe flor sin raíz, sin estar dentro de la tierra. A menos que sea artificial, pero las flores artificiales no son flores. Para ver las flores después de las flores es necesario regarse, cuidarse, alimentarse y soportar las tinieblas de estar enterrado. 

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